
Es sabido que Buenos Aires tiene una afición por la moda: cada tres meses cambian las vidrieras de las ciudad y los porteños, como por arte de magia, empiezan a adoptar las nuevas modas.
Definitivamente, Buenos Aires se suma a TODO. Incluso a las modas y costumbres más extrañas.
Hasta hace un par de meses lo más normal del mundo era llegar a casa y lavarse las manos antes de comer, después de ir al baño y después de tocar dinero o alguna otra cosa. Durante siglos las personas no hicieron más que eso (y en realidad, ni siquiera eso). Las pestes y plagas han asolado a la humanidad durante siglos y seguimos vivos…
Curiosamente la reacción de la población frente a la gripe y demás germenes citadinos no ha sido la de la lógica historica, sino la de la paranoia total: las medidas de higiene ahora se expandiero más alla del clásico jabón antes de comer para ver a personas en las esquinas, subterráneos y colectivos meta frota y frota manos con alcohol en gel.
Antes lo más normal era estar en el andén del subte y oler la humedad, o subir a un colectivo en hora pico saber que habría olores (y hedores) varios. Ahora uno sube y un extraño olor a alcohol invade el vehículo. La primer reaccion que tuve hace un par de días fue buscar a alguien con rostro enrojecido y síntomas de haber tomado varias copas de mas. Pero no: una señora le estaba dando al alcohol en gel como si fuera crema para las manos.
Lo más divertido es que el alcohol no es un bactericida 100% efectivo. Pero da la sensación de que la gente siente una capa de protección extra, como una película transparente que los protege del mundo exterior.
He escuchado las historias más hilarantes: “no, me paso el gel porque mira si
me transmiten algún bicho por las ordenes de la obra social” o “y, viste que no sabes quién toco la puerta: mira si había estornudado en la mano y después abrió la puerta o toco el timbre para bajar“.
Hasta antes de la aparición del alcohol en gel nadie se preocupaba por los germenes del aire, del boton del colectivo o del molinete del subte. Nadie te miraba raro si estornudabas en el andén o en el pasillo del colectivo, y nadie se corría de lugar por temor a ser contagiado. Tener un resfrío en pleno invierno era normal y ser alérgico no era un problema social.
Si antes uno tenía un envase pequeño con una insignia OH o simplemente “alcohol”, uno tenía un terrible problema de alcoholismo y escondía sus problemas al abrazarse a la pequeña petaca, lo cual generaba el rechazo de la sociedad. Ahora tener un envase pequeño con grandes letras que dicen “alcohol” es símbolo de protección y de aprobación.
Está bien, son dos cosas diferentes. Pero… ¿no cambia la forma de juzgar por la simple aparición de un producto?
Saludos higiénicos para todos,
Bren


